IRIA AUTÉNTICA

Iria Auténtica, collages por Disnomia

Los niños daban suaves pataditas en el interior de su barriga. Es increíble como se conjuga la química para que creamos posible sacar de una vagina a un par de bebés de tres quilos y medio cada uno. Se acarició a sí misma como si los acariciara a ellos a través de la piel, y le invadió un bienestar muy cálido. No sabía bien cómo había accedido a los deseos de su cuerpo, pero se encontraba a punto de parir gemelos. Por ellos estaba todavía con Raúl, su novio de toda la vida. El verdadero padre de los niños era un matemático israelí que había venido a dar una charla al Economato. Él volvió a su país al día siguiente, y al poco tiempo su ciudad fue bombardeada, como tantas otras. Murió en casa, según los informes. Iria no sabía que estaba embarazada cuando se enteró de su muerte. Lo supo una semana después. No dudó demasiado y siguió adelante, aunque Raúl no quería tener hijos. Lo obligó. Sabía como hacerlo: castigarlo sin sexo, que eso sí lo entendía. Pobre perro.

Estaba trabajando en el laboratorio, que ocupaba gran parte de la casa, en varios proyectos a la vez. El embarazo le había dado nuevas fuerzas y se sentía inspirada y voluntariosa. Estaba teniendo ideas sorprendentes, cuando empezaron los dolores del parto. Se tomó un calmante y llamó a Raúl. Se dirigieron juntos al salón. Sobre el cristal de la vitrina que daba al jardín apareció en pantalla una doctora y el domot ya estaba preparado con el kit que les había mandado el Hospital. Fue un parto rápido y precioso, de no ser del desmayo de Raúl, que despertó cuando ya los niños estaban en brazos de Iria, limpitos y sin cordón umbilical. Eran dos niños  idénticos, sanos y bellos, de rasgos mediterráneos. Ambos nacieron con los ojos abiertos. Iria deseó que fueran niños muy listos y se alegró de que no fueran de Raúl.

– Pero, ¿por qué estás con él?…¡es que no lo entiendo! – le había dicho su amiga Isa alguna vez

– Desde luego por romanticismo, no es – contestó Iria

– Pues por sexo tampoco parece…

Estaba con él porque era un buen ayudante en el laboratorio. Le obedecía en todo. Era limpio y ordenado. No discutía porque no tenía ideas propias. No protestaba porque era un cobarde. Y con una mamada tiraba semanas. No siempre había sido así. Cuando eran adoslescentes ella le adoraba y se quedaba embobada mirando su nariz respingona. Pero todo había cambiado mucho desde entonces. Demasiada gente había muerto. Y había visto a Raúl esconderse detrás de ella como una rata en demasiadas ocasiones. Pero era un compañero fiel, y la lealtad escaseaba mucho en tiempos de conflicto. Estaba pensando separarse, cuando se quedó embarazada. Y había decidido que los niños necesitaban un padre, aunque fuera ese. 

Iria miraba a los bebés dormir como angelitos en unas aerocunas de su invención. Eran muy especiales, lo presentía, pero también sabía que eso lo pensaban todas las madres. Raúl entró temblando en la habitación y agarró con su mano sudorosa la de Iria, para arrastrala hasta el pasillo con precipitación. Con lágrimas nacientes en los ojos, consiguió articular con la voz a penas saliendo de su garganta como un hilillo:

– Han atacado el Economato

Iria dio un chillido, se tapó la boca con la mano y miró a Raúl por unos instantes, pensando rápidamente qué hacer.

– Quédate con los niños – ordenó en voz baja.

– ¡No! – gritó él, agarrándola más fuerte.

– Raúl, TENGO que ir – dijo ella, muy segura. Él la soltó. Iria salió de la casa hacia la caseta del jardín, para armarse y coger la moto hacia el Economato.

Cuando llegó, el edificio del Economato era una masa de piedras en llamas. Olía a quemado, a carne quemada. Había mucho humo, que se erigía en columnas atravesando un cielo oscuro. Iria se bajó de la moto y avanzó saltando sobre las piedras con el casco puesto. Piernas y manos salían de entre las runas. Todo el mundo estaba muerto. Las lágrimas le brotaban, temblaba y jadeaba furiosamente pero no se daba cuenta. Distinguió entre la espesa bruma el edificio intacto de La Escuela al otro lado de la calle. Vio un cuerpo tendido en la puerta. Tuvo un mal presentimiento y fue corriendo hacia allí. 

Era ella. Cuanto más se acercaba más segura estaba. Era Isa. 

Alguien abrió la puerta y metió el cuerpo de Isa hacia el interior de la Escuela, tirando de él. Iria llegó justo a tiempo para detener la puerta con la mano.

– Sóc jo – dijo desesperada, quitándose el casco y asomando la cabeza.

Una monja salió de las sombras y al reconocer a Iria la dejó entrar.

-¿Qué ha pasado? – dijo Iria sollozando, ayudando a entrar el cuerpo de Isa y tendiéndolo sobre el suelo. La palpó. Aún estaba viva pero muy malherida. Moriría en cualquier momento.

– Los Salvajes… – respondió temerosa Sor Tamara.

Miró a la monja y le dijo, intentando que su voz sonara firme: 

– Dame una sala inmediatamente

– Iria, Dios ha querido, hija mía, llevársela hoy…

– Mandangas, coño, Sor Tamara, prepárame la puta sala – contestó Iria apretando los labios y en tono severo.

Llamó a Raúl para que le enviara un dron con todo lo que pedía, no le contó para qué.

Se cerró a cal y canto en el laboratorio improvisado en la enfermería de la Escuela. 

Isa tenía el cuerpo bastante intacto, el cerebro con potencial, pero su cráneo estaba destrozado, y su peculiar carita había desaparecido. Iria reconstruyó todo lo que pudo, con la ayuda del domot de enfermería. Conectó su nuevo invento al cráneo rapado de Isa y copió la información de su memoria. Protegió la cabeza de Isa con su casco de motorista, lo único que tenía a mano. Luego ensambló el casco a las terminales nerviosas con toda la precisión de la que fue capaz. 

Descansó un momento sentada en el suelo, esperando. Se quedó dormida. Despertó cuando el backup de la memoria de Isa había finalizado. La guardó en su tátil. Y entonces llamó a la Bluebird.

Limpió el improvisado laboratorio y se duchó en el gimnasio de la Escuela. Llamó a Raúl para asegurarse de que todo iba bien y él se puso medallitas por dar el biberón a los niños. 

Vinieron enseguida a buscar a Isa con una moderna camioneta azul y y se la llevaron envuelta. Isa fue congelada en una cápsula Bluebird, la única empresa de criogenización existente, pero fue oficialmente enterrada junto a los restos de los otros cadáveres en una fosa común en Sant Andreu y los Monos Negros levantaron el puño y cantaron el himno cuando la fosa fue cubierta con tierra. La cápsula con Isa congelada, y con casco, estuvo de momento en una habitación sellada de La Central, de la que sólo Iria tenía la contraseña de entrada.

Iria le dió todo el amor que tenía a sus gemelos, el que quedaba cuando no se sentía rabiosa o triste, o extrañamente inspirada en todo tipo de inventos. Estaba trabajando en algo nuevo en casa. Estaba creando un androide, una inteligencia artificial que contuviera una copia de su memoria, una biomáquina. Quería sobrevivir a la propia vida, tal vez continuarla en otro cuerpo. Iba a construir una réplica de sí misma.

– Te estás volviendo majara – le había dicho Raúl en un arranque de valentía, al descubrir el engendro del laboratorio.

A Iria le importaba una mierda lo que pensara Raúl, pero era muy molesto tenerlo farfullando por la casa. Vio brillar por primera vez en mucho tiempo los ojos de su marido, una noche mientras cenaban.

-Hoy he hablado con mi jefe, han estado a punto de echarme – dijo Raúl, escondiendo su mirada entre atemorizada e ilusionada, detrás del cristal de la copa de vino blanco.

Iria le conocía muy bien.

– Què has fet? – le preguntó muy seria

-Le he hablado de tu proyecto secreto de científica loca …

Iria se asustó…creyó primero que se refería a Turbolover pero enseguida cayó en que hablaba de su propia répilca, la Iria sintética del laboratorio casero.

– ¿Qué?

-Te alegrarás cuando te cuente…

– ¿El qué?, ¿que has salvado tu culo gracias a mi trabajo?…una vez más, rata de cloaca…

-Iria, calmaaa

-¿No le habrás dicho que es un proyecto tuyo, verdad?

-No he tenido más remedio…sabía que te enfadarías…

-Ets una merda

-He conseguido dinero, mucho dinero…

Nunca lo había visto tan contento. Raúl le explicó la propuesta. Iria salió sola al jardín para reflexionar. Se estiró sobre el césped. Bajo la cúpula, las estrellas se veían difuminadas. 

Recordó cuando salía de la mano de su padre, con el sol de primavera, y nada anunciaba todo lo que sucedió después. Fue un hombre trabajador y obediente, y por eso “enfundaron” su casa. Unas grúas robóticas colocaron la cúpula climatizada, como en otras casas de gente más o menos importante, que la protegió de los ataques, del humo y de la brutal contaminación que causó la Guerra. Pero un virus de los que corrían, enseguida atrapó a su padre, y la casa quedó para ella. 

Había sido el lugar de reunión del pequeño grupúsculo que luego ocupó El Economato, cuando fue abandonado por la antigua Guardia Civil. Le parecía aquello más lejano que el recuerdo de su padre bajo el sol, y a la vez tan cercano que casi podía oler el café de esas reuniones. Raúl siempre se iba a dormir pronto, y entonces ella podía hablar libremente, sin que nadie la interrumpiera con estupideces. Se le aparecieron en la memoria claramente esas caras, la de Isa, hambrienta de violencia, las demás. Sus jóvenes caras con las pantallas reflejadas en ellas. Los dedos rápidos tecleando código. El código de Neobarna.

En aquel preciso momento entendió todo lo que tenía que hacer como si un rayo le atravesara la mente, tan veloz y directo que la levantó de un salto. Se dirigió al pequeño despacho del interior y rebuscó en unas cajas de plástico hasta que encontró el pendrive, sin caparazón, con el código completo de un nuevo orden social: Neobarna. Aquella idea absurda que quedó enterrada junto a la ingenuidad, cuando la Guerra ocupó por completo sus vidas.

Entró decidida en el laboratorio, e insertó el código de Neobarna en su doble sintética. Aprovechó e hizo copia de su memoria y la volcó también. Y ya que estaba, le insertó al cuerpo inacabado la memoria de Isa. Con ese coctail, la nueva viviente necesitaría unas órdenes muy precisas. Caía de sueño pero pasó la noche bioprogramando, con los ojos abiertos como platos y las mandíbulas apretadas. Por la mañana fue a buscar café a la cocina y se encontró a Raúl en pijama. Iria le dijo que aceptara el trabajo y él, del relajo, soltó un pedo. 

Con el dinero de las empresas de Los Rascacielos, que surtían a la Órbita, Iria trabajó en su réplica pero también mejoró en secreto las aplicaciones en el cuerpo de Isa, descongelada, para convertirla en el arma fundamental de La Resistencia contra el ejército de los robots gigantes SV1 (conocidos como los Salvajes), al final de la Guerra. 

Al principio Isa no podía hablar ni mover su cuerpo con facilidad, era como un juguete enorme y patoso. Tuvo que recibir entrenamiento. A medida que sus facultades se normalizaban, Iria fue reconociendo que aquella figura con cabeza de motorista ya nunca más sería su amiga Isa. Y decidió usar siempre su nuevo nombre: Turbolover. La memoria de Isa navegaba dentro de ese casco negro y rosa con visor holográfico, pero nadie lo sabía más que ella. A su debido momento, Turbolover conocería su procedencia.

En el laboratorio casero, su replicante tenía mejor aspecto que el original. Iria contactó con la Doctora Velázquez en la Órbita, que trabajaba en implantes y transformaciones corporales avanzadas y a quien conocía de la facultad, y ella le hizo llegar varias cajas de piel humana fabricada en 3D. Con el nuevo material, modeló una cara más bella que la suya para la Iria sintética y se prometió devolverle el rostro a Isa en cuanto Turbolover dejara de ser útil a La Resistencia. 

Quedaba poco de La Resistencia en aquellos tiempos, y decidieron crear una Agencia que actuara por cuenta propia. Iria entró en una etapa febril de creatividad y desarrolló varias aplicaciones corporales que mejoraban las cualidades del cuerpo humano, como biobrazos, visores multisoftware, dispositivos de memoria extra y otras invenciones que la humanidad nunca le agradeció. Además se estaba enamorando de alguien. Y eso siempre inspira. 

Raúl colaboraba encantado en el laboratorio y estaba servicial y amable e incluso intentaba aprender. Los niños crecían al preciso cuidado se su madre. Pero el rencor hacia Raúl se hizo cada vez más insoportable y también la dependencia económica, así como por el cuidado de los niños y la ayuda en el laboratorio. Iria quería cambiar la situación, pero la urgencia de ver terminados sus proyectos le arracaba el tiempo de las manos. 

Una mañana resplandeciente, Iria recibió una llamada de La Central. Turbolover y los aparatejos que habían derivado de su trabajo con ella estaban resultando un éxito como refuerzo en los ataques aislados que aún se estaban profiriendo en sitios puntuales con una cansina asiduidad que impedía que la normalidad volviera a las vidas de las personas. «Quieren acabar con todos nosotros. Pero somos demasiados » le había dicho la Comandante. “La Guerra ha acabado”.

Y aquella noche, quiso celebrar esa dosis de esperanza con su amante.

Iria dejó a los bebés con Raúl y se montó en la moto. Cada vez que se ponía el casco se acordaba de Isa, de Turbolover, y el corazón se le paraba. Se dirigió hacia La Rabassada para entrar en Barcelona. Le gustaba la velocidad y el viento salvaje ciñéndose al cuerpo. Cuando Gas y Parvatti llegaron al Economato con las motos, los Monos Negros dieron un salto cualitativo. «Parece que hayan pasado siglos de eso» pensaba mientras doblaba las curvas con estilo. 

Una furgoneta blanca apareció de la nada, cruzándose a propósito en el camino de Iria y chocando contra ella. La moto salió despedida por la curva y cayó hacia abajo estrellándose contra las piedras y explotando al final. La furgoneta dio la vuelta y se marchó.

Raúl dejó a los niños con el domot y entró en el laboratorio de Iria. Se acercó despacio al cuerpo artificial tendido en la camilla. Pasó la mano por la entrepierna y separó la carne de los muslos. Vio una vagina bien formada y le abrió los labios para ver qué había dentro. En ese momento el sonido de un pitido agudo y estrepitoso le hizo caerse al suelo del susto. 

Unas palabras en rojo parpadearon en el aire. Era una nota del Hospital. Tuvo que enfocar la mirada varias veces, incrédulo: Iria había muerto en un accidente.

Raúl salió vomitando del laboratorio, tambaleándose. El laboratorio quedó a oscuras.

Un espasmo en los ojos abrió los párpados de la Iria sintética. Cascadas de códigos le volvieron vivas las pupilas durante un rato. Luego los párpados cayeron. Y quedó completamente inerte de nuevo, como una muñeca.

por Sandroide

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